Redelae no solo habla de artes vivas, por eso proponemos revisar un poco el dilema político esencial del estado del mundo contemporáneo que radica en la tensión entre la paz, el diálogo y la legalidad, tanto como el sentido de especie y su sobrevida, es decir, una política orientada hacia la vida y la democracia. Pero este sentido se diluye en medio de las obsesiones de poder, control y posesión. La indiferencia manifiesta en numerosas naciones, organizaciones, instituciones y líderes resulta semejante a la observada en los años 1913 o 1933, cuando la atención se concentraba en los temas más inmediatos mientras millones de personas marchaban sin saberlo hacia la muerte. En el presente se expresa una anomia de las políticas de largo plazo y una grave anemia en la memoria histórica que será recordada en los años venideros como una de las derivas que nos condujo al pantano global. La inconsciencia respecto a la gravedad de los acontecimientos actuales es, por lo demás, un vacío cultural, ético y de racionalidad que persiste en un mar de noticias-espectáculo. Los derrumbes morales en la larga saga humana se confabulan cuando coinciden tensiones extremas de poder geopolíticas junto a unas élites internacionales de poca visión global, en marcos psicosociales de apatías próximas al hedonismo y tedios intelectuales emparentados con académicos y artistas insensibles, como acontece hoy a escala internacional.
Parafraseando la Poética de Aristóteles, se podría señalar que la diferencia entre el historiador y el poeta está en que el historiador signa lo que sucedió y el poeta lo que pudo o puede suceder. La poesía, de esta forma, vuela en lo imposible, mientras la historia se ancla en los hechos que, aunque complejos, son narrados desde su materialidad. En este siglo XXI sabemos con asombro que lo posible e imposible se confabulan en un mismo giro y crisis de la civilización, su historia inmediata y sus perspectivas (o más bien realidades) de violencias han descolocado a buena parte de las ciencias sociales y humanas, y al terreno creativo de las artes, arrinconándolas en análisis de coyunturas. Aun así, los estudios y escritos más sapientes de este tiempo hablan desde la perplejidad y la duda, no desde las certezas y dogmas.
El fin de las certidumbres marca el inicio posible de otras formas de narrar la realidad a través de las artes, y en particular de las artes escénicas. Se enfatiza poco la paz y mucho menos la convivencia en la diversidad, Desde otras perspectivas, se conceptualizan mundos líquidos e incertidumbres, azar e indeterminaciones, emergencias y rupturas desde una especie de perplejidad creativa que ya no mira a la historia como gran relato y mecánica del destino político del ser.
De aquí que debemos potenciar estos espacios en los que se cuece a fuego lento el concepto de las artes y la creación como saber polémico y argumentativo, activo y provocador. Un lugar en el que todo se estudia, cada cosa se debate y el argumento es la base del diálogo y del respeto. Un mundo sin las visiones críticas provenientes de sus músicos agotaría su visión de humanidad, remplazando el caminar por el deambular y el conocimiento por la posible estandarización de la creación artística interferida por la Inteligencia Artificial, que, a propósito, requiere urgentemente el trazado de límites éticos para esa interacción entre el mundo de las máquinas y de los seres humanos. Las artes son el territorio desde donde podemos asomarnos a la dimensión creativa en esas estéticas del presente que se permiten el uso de una herramienta que permite nuevas formas de expresarse y que hacen que la vida merezca ser cantada y que, como decía Gonzaguinha (cantor brasileño) “Pero eso no impide que yo repita: (la vida) “Es bonita, es bonita y es bonita.”