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22 Sep 2026 Por Jorge Valdivia

CREAR FRENTE AL MIEDO: teatro latino, migración y resistencia en Chicago

El año pasado, mientras nos preparábamos para presentar Destinos, el Festival Internacional de Teatro Latino de Chicago, algunos artistas abandonaron el festival.

No habían dejado de creer en su trabajo ni habían perdido el deseo de contar sus historias. Se retiraron porque tenían miedo.

La intensificación de las redadas y los operativos de ICE en Chicago había generado un ambiente de tensión que se sentía en todas partes. Artistas inmigrantes y latinoamericanos que vivían y trabajaban en Estados Unidos comenzaron a preguntarse si era seguro ir a un ensayo, presentarse ante un público o, simplemente, salir de sus casas. Algunos temían por su propia seguridad. Otros, por sus familias, sus colaboradores o las comunidades a las que servían.

En CLATA vimos el impacto inmediatamente.

Lo vimos cuando algunos actores decidieron no participar por miedo a ser detenidos. Lo vimos cuando las compañías nos expresaron su preocupación porque no sabían si sus públicos acudirían a apoyarlas por ese mismo temor. Lo vimos cuando otras compañías nos llamaron para decirnos que uno de sus familiares había obras en español y comenzaron a registrar disminuciones de asistencia de hasta un 30 por ciento y, en algunos casos, aún más.

El teatro depende de que las personas puedan reunirse.

Cuando una comunidad tiene miedo de salir de casa, el escenario también siente ese miedo.

Este año, el Great Cities Institute de la Universidad de Illinois Chicago le dio una dimensión económica a lo que nuestras comunidades ya conocían por experiencia. Su informe, Hunkering Down: The Hidden Economic Cost of Federal Immigration Enforcement in Cook County, Illinois, estima que el aumento de la vigilancia migratoria provocó pérdidas de aproximadamente 1.260 millones de dólares en la actividad comercial de restaurantes y comercios del condado de Cook, además de 107 millones de dólares en ingresos fiscales locales no recaudados.

Pero estos números no cuentan toda la historia. No miden las citas médicas pospuestas, los días de trabajo perdidos, los niños que no asistieron a la escuela o las personas que dejaron de participar en la vida cultural de nuestra ciudad. Tampoco miden lo que ocurre cuando alguien siente que su apellido, su acento, el color de su piel o el idioma que habla puede convertirlo en sospechoso No miden el costo artístico.

Lo que estamos viviendo en Chicago no es un fenómeno aislado. Forma parte de un momento político que atraviesa a Estados Unidos y a distintos países de América Latina.

En Chile, José Antonio Kast llegó a la presidencia con una propuesta de ultraderecha. En Colombia, la elección de Abelardo de la Espriella marcó un giro similar. En Argentina, Javier Milei continúa promoviendo una transformación radical del Estado y cuestionando el valor de muchas instituciones públicas, incluidas aquellas que sostienen la cultura.

Cada país tiene su propia historia y sus propias heridas.

No podemos reducir todas estas experiencias a una sola explicación. Sin embargo, hay elementos que se repiten: el uso del miedo como herramienta política, la criminalización de los migrantes, el cuestionamiento de derechos que creíamos conquistados y la promesa de imponer el orden a cualquier costo.

En estos contextos, la cultura y la memoria también se convierten en campos de batalla.

Las organizaciones artísticas de América Latina conocen esta realidad. Saben lo que significa crear en medio de recortes presupuestarios, censura, inestabilidad política y discursos que presentan al arte como algo secundario.

Saben lo que ocurre cuando los artistas deben defender no solo su trabajo, sino también su derecho a disentir y contar historias que incomodan al poder.

Para quienes trabajamos en el sector cultural latinoamericano en Estados Unidos, estas presiones se sienten desde ambos lados. Nos afectan las políticas migratorias y el clima político de este país, pero también cargamos con la preocupación por lo que ocurre en nuestros países de origen y con nuestras familias.

Nuestras historias, nuestros temores y nuestras luchas cruzan fronteras.

Desde CLATA hemos estado alzando la voz en nuestras conversaciones con fundaciones, financiadores y líderes cívicos de Chicago. Lo que ocurre en nuestros teatros no está separado de lo que sucede en los restaurantes, las tiendas, las escuelas o las iglesias de nuestras comunidades. Es parte de la misma realidad.

Cuando disminuye la asistencia, las compañías pierden ingresos. Cuando un artista abandona una producción, la organización debe absorber el costo de reemplazarlo o modificar su programación. Cuando las familias tienen miedo de salir, los teatros que trabajan con comunidades inmigrantes y de habla hispana ven alejarse al público que buscan servir.

Para las organizaciones con pocos recursos, una disminución en la asistencia no es una estadística abstracta. Puede significar una producción menos, un artista que no recibe un contrato o una compañía que comienza a preguntarse si podrá sobrevivir otro año.

Y todo esto ocurre mientras el teatro latino continúa recibiendo una inversión muy por debajo de lo que necesita. Se nos exige responder a una crisis social, cultural y económica con recursos que ya eran insuficientes antes de que comenzara.

La contradicción es difícil de ignorar. Mientras nuestras comunidades son tratadas como una amenaza, la evidencia demuestra que somos una parte indispensable del presente y del futuro económico de Estados Unidos.

El Latino Donor Collaborative estima que la economía latina de Estados Unidos alcanzó los 4,4 billones de dólares en 2024. En Illinois, los trabajadores latinos generan más de 100.000 millones de dólares anuales en producto interno bruto y sostienen sectores fundamentales como la construcción, la manufactura, la logística, la salud, el comercio y los servicios de alimentación, según el informe Raíces 2026: Building Stability to Strengthen Latino Civic Power.

Casi el 30 por ciento de la población de Chicago es latina. No somos una comunidad al margen de la ciudad.

Somos una parte fundamental de Chicago, de sus suburbios y de Illinois.

Nuestro impacto cultural también es económico. En 2025, Destinos reunió a más de 4.630 asistentes, presentó 120 funciones públicas, generó 33 actividades comunitarias y empleó a aproximadamente 270 artistas y profesionales creativos de Chicago. Tan solo esa edición produjo un impacto económico estimado de 528.000 dólares. Desde la creación del festival en 2017, estimamos que Destinos ha generado cerca de 8 millones de dólares en actividad económica.

Pero nuestra contribución no puede medirse únicamente en dólares.

Los artistas latinos también han ayudado a Estados Unidos a comprenderse a sí mismo. Hemos preservado historias que, de otra manera, se perderían. Hemos creado espacios donde las familias pueden escuchar su idioma, reconocer sus experiencias y verse reflejadas con dignidad sobre un escenario. Hemos hecho del teatro un lugar de encuentro entre generaciones, nacionalidades y comunidades.

Esa labor también nos conecta con los artistas y las organizaciones culturales de América Latina. Aunque trabajemos en contextos distintos, compartimos la responsabilidad de preservar la memoria, defender el derecho a crear y construir espacios donde nuestras comunidades puedan reconocerse.

Nuestros artistas continúan creando incluso cuando hacerlo implica cargar con el peso de la incertidumbre.

Continúan ensayando cuando sus familias tienen miedo.

Continúan contando historias en español cuando se les hace sentir que su idioma no pertenece. Continúan abriendo las puertas de nuestros teatros, aun cuando no saben quién se sentirá lo suficientemente seguro para entrar.

No sabemos qué nos espera este año. No sabemos si habrá más operativos, más miedo o más artistas obligados a tomar decisiones imposibles. Tampoco sabemos hasta dónde llegarán los cambios políticos que están ocurriendo en América Latina.

Pero sí conocemos la fortaleza de nuestras comunidades.

Y esa fortaleza no debe utilizarse como excusa para dejarnos solos.

Las fundaciones, las instituciones culturales, los líderes empresariales y los gobiernos deben reconocer que apoyar al teatro latino en este momento no significa solamente financiar una programación artística. Significa proteger empleos, defender la memoria y sostener espacios donde podemos reunirnos sin renunciar a quienes somos.

Esta responsabilidad no termina en Chicago. También corresponde a las redes culturales, los financiadores y las instituciones públicas y privadas de toda América Latina. Cuando una organización artística desaparece, no perdemos únicamente una programación. Perdemos un espacio de encuentro, una fuente de trabajo y una parte de nuestra memoria colectiva.

Seguiremos creando porque eso es lo que hacemos.

Seguiremos contando nuestras historias porque el silencio nunca nos ha protegido. Seguiremos construyendo escenarios donde nuestras comunidades puedan verse, escucharse y reconocerse.

No sabemos lo que traerá el futuro. Pero sabemos todo lo que ya hemos aportado a Estados Unidos, a América Latina y a las ciudades que hemos construido entre ambos mundos.

Y sabemos que, aun frente al miedo, seguimos aquí.

*Director ejecutivo de Chicago Latino Theater Alliance (CLATA) y de Destinos: Chicago International Latino Theater Festival

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